Cuando los españoles llegaron al territorio de lo que hoy es Colima, encontraron a una sociedad muy diferente a la que habían enfrentado en el altiplano central, como se puede deducir por las diferencias entre el legado arqueológico de una y otra cultura. Cierto que la cerámica clásica de Occidente había dejado de producirse largo tiempo atrás, pero el clima y la naturaleza, tan determinantes para definir el carácter de los pueblos, eran los mismos que 500 años antes, cuando se produjeron las piezas más célebres de las culturas de Occidente: las figuras humanas se representan en actitudes cotidianas, los perros izcuintlis vigilan, duermen y bailan.
La época colonial se vivió entre los abusos de los encomenderos y las rebeliones de los naturales, defendidos con palabras por la Corona y en la práctica por los humanistas. Las encomiendas, nacidas en sus orígenes para explotar los placeres de oro rápidamente extintos, dieron paso a prósperas haciendas en las que crecieron hatos ganaderos, café, cacao, aguacate, plátano, limón y caña de azúcar; se seguía obteniendo sal, y la palma de coco, traída a Colima desde 1569, ya se había convertido en un renglón económico importante. Mientras las sangres indígenas y españolas se mezclaban con un poco de sazón oriental y africano, los temblores de tierra y las erupciones del Volcán de Fuego derribaban las edificaciones que, al ser reconstruidas con el estilo en boga, adquirían su propio mestizaje arquitectónico.
Los ventarrones de la Independencia y la Reforma no causaron más estragos a Colima que los ciclones anuales o las erupciones del volcán, pero su territorio se iba quedando a la zaga por falta de comunicaciones con el resto del país, a excepción de la inmediata que había con sus vecinos michoacanos y jaliscienses, con quienes comparte geografía, historia e innumerables manifestaciones culturales, la música entre ellas. Eran tan numerosas las festividades para celebrar a los santos y festejar a los pecadores, que los romances venidos de España se fueron convirtiendo en sones, en corridos y en canciones; entonces, en la segunda mitad del siglo XIX, nació en Colima el primitivo mariachi.
Los primeros toques de modernidad en la capital del estado llegaron en el porfiriato con el telégrafo, el teléfono, el ferrocarril y la electricidad. Luego llegarían los beneficios de la Revolución, por los que apenas se pagó con la huella que dejó la tardía guerra cristera.
Hoy como siempre, el estado de Colima tiene muchas cosas para presumir al visitante: el más pequeño índice de analfabetismo en el país, su magnífica Universidad y la calidad de sus modernos museos; la explotación salinera, grandes cosechas de azúcar y frutas tropicales, y la máxima producción de mineral ferroso en México; sus bellas playas con espectaculares desarrollos turísticos y, sobre todo, la cordialidad con que su pueblo recibe a los visitantes.