Tan representativos de la rica geografía mexicana como el Bajío, el Valle del Anáhuac o la sierra Tarahumara, son el Valle del Mezquital y la Huasteca. Una parte de ésta y la totalidad del primero pertenecen al estado de Hidalgo. En ambas regiones, opuestas una de la otra en sus paisajes y frutos, hubo desde antes de nuestra era grupos humanos que dejaron huellas de su civilización.
Es evidente que la aridez del Mezquital -que considerado en sentido amplio incluye casi 40 por ciento del territorio hidalguense- no arredró a quienes eligieron estos parajes como lugar de residencia hace miles de años o aun en centurias pasadas. Lo comprueban las pinturas rupestres de Ixmiquilpan, Cardonal, Huichapan y Alfajayucan y, desde luego, la legendaria Tula. En fechas menos lejanas, el hecho se confirma con la imponente presencia de los conjuntos religiosos agustinos y franciscanos, procedentes en su mayoría del siglo XVI, y que quizá sean la herencia más rica de la etapa novohispana que se pueda encontrar en México.
En otras zonas del estado, como la comarca minera y los llanos de Apan, el hombre aprovechó con más facilidad los frutos de la tierra. Surgieron, primero, la minería -sostén de la economía virreinal y en los primeros años de vida independiente de la nación-y luego la agricultura, representada por un sinnúmero de haciendas dedicadas a la producción pulquera. El imán de la Huasteca, generosa y pródiga, atrajo desde siempre a núcleos de población que han correspondido con su cálida personalidad a las bondades de la tierra. Entre tal diversidad, es natural que los hidalguenses no tengan nostalgia del mar: para ellos, el agua dulce de ríos, lagunas y manantiales, contenida en presas y balnearios de aguas termales, ya es una bendición en medio de la sequedad que reina en su entorno.
Las industrias y los desarrollos urbanos contemporáneos circundan antiguas poblaciones, casi todas de origen prehispánico, como lo presumen sus nombres: Ixmiquilpan, Atitalaquia, Tula, Molango, Xoxoteco, Atotonilco, Huejutla, Tepeapulco, Apan y muchísimos más que los frailes decidieron, con sapiencia, conservar.
La identidad del pueblo hidalguense se funde con los paisajes que lo circundan. Sus diversas facetas son otras formas del ser mexicano.