Las Californias fueron consideradas durante mucho tiempo como un solo ente geográfico.
Fueron los dominios más septentrionales de la corona española en América y, en comparación con otras partes de México, sus confines fueron poco explorados; incluso los tenaces misioneros habrían de ceder ante esta peculiar, incomprendida y magnífica naturaleza.
La historia compartida de estas tierras habría de bifurcarse en el siglo XIX con la separación de la Alta y la Baja California, y luego con la división de ésta en los Territorios Norte y Sur. Sin embargo, quizá por su posición y peculiaridades geográficas, la península seguiría caminos similares hasta muy avanzado el siglo XX, principalmente marcado por un lento desarrollo y su escaso poblamiento. Lo que fue lamentable entonces hoy se ha convertido en ventaja: una nueva visión de los hábitat del planeta permite congratularse de que grandes áreas del territorio surcaliforniano hayan permanecido casi vírgenes y que la potencialidad de sus recursos naturales hayan llegado a esta etapa en plenitud: las dos excepcionales reservas protegidas de la biosfera, la visita anual de las ballenas grises, el entorno de los lobos marinos y los borregos cimarrones, además de la gran variedad de flora y fauna endémicas.
Los vestigios paleontológicos, sus pinturas rupestres, los edificios misionales y los espectaculares desarrollos turísticos son creación de la gente de Baja California Sur, decidida a conservar su ambiente, sus costumbres y a compartir amistosa y alegremente con los visitantes que deseen descubrir la mitad de esta península, una porción significativa de México.