Aunque en el territorio queretano se han encontrado rastros de pobladores olmecas y huastecos, las huellas nativas más recientes fueron de chichimecas, otomíes -que llamaban a estas tierras el Lugar de Peñas Grandes- y purépechas -que las conocían como el Lugar del Juego de Pelota.
A la llegada de los españoles, solamente los pames y los jonaces -ambos grupos chichimecas- opusieron resistencia a la ocupación; las otras tribus indígenas aceptaron de buen grado participar en las empresas materiales y espirituales que iniciaban los conquistadores en esta región. Poco a poco se construyeron puestos de vigía y presidios en la ruta de la plata, que cruzaba las entonces llamadas Provincias Internas de Querétaro, Cadereita y Escanela. A lo largo de este camino fueron creciendo poblados y ciudades: primero fueron ventas para el descanso de las capitanías que resguardaban los cargamentos de metal, luego aparecieron el comercio y las haciendas de beneficio con sus imprescindibles capillas o iglesias y, desde luego, las misiones para el adoctrinamiento religioso.
Poco después de la Guerra de Independencia, en 1824, con la República ya establecida, fue erigido estado. Aquí, en 1848 el Congreso de la Unión se vio obligado a ceder a Estados Unidos la mitad del territorio nacional, en 1867 un fugaz emperador perdió su última batalla y a principios del siglo XX se promulgó la Constitución que rige a todos los mexicanos. Hoy, con el mismo afán que en el pasado, los 18 municipios de Querétaro trabajan para avanzar en la modernidad y asegurarse un futuro promisorio.
En un boceto rápido y brusco hemos trazado esta historia como un preámbulo a este volumen que muestra una parte de la herencia centenaria de Querétaro y que sus habitantes conservan con orgullo y respeto. Pretendemos abrir una puerta tras la cual el visitante de esta tierra o el que ha nacido en ella encuentre otra cara de México, otra raíz, otro motivo más de pertenencia a una historia y a una forma de entender el mundo.