Grandes valles y llanuras, arena dorada en las dunas del desierto, bosques de pinos, abetos, maples y encinos, acantilados que caen a tajo sobre el mar y playas casi vírgenes, lenguas de agua penetrando en la tierra y porciones terrestres que invaden al mar, islas en medio del océano, arroyos temporales y ríos caudalosos controlados en presas para producir energía eléctrica y regar extensos sembradíos y agostaderos, altas serranías, cadenas montañosas y profundos cañones.
Así es Sonora, el segundo estado más grande de la República
Mexicana, en cuya superficie se advierten tres zonas geográficas de norte a sur: al este
-en los límites con tierras chihuahuenses- la Sierra Madre Occidental, sus estribaciones plenas de cerros y lomeríos en el centro, y en el poniente la planicie
costera, frente al Golfo de California. A lo largo y ancho de este territorio, más de 180 mil kilómetros cuadrados, se encuentra casi todo el repertorio de paisajes que viene a la memoria.
Enmarcados por la belleza natural y en armonía con su entorno, los desarrollos urbanos de Sonora resguardan el patrimonio construido por los habitantes de estas tierras; los más antiguos se sitúan miles de años antes de nuestra era, en el cerro del Pinacate y en las islas Tiburón y San Esteban, herencias de pueblos casi desconocidos, pero que antropólogos y arqueólogos han asociado con las culturas que se desarrollaron en diversos sitios pertenecientes hoy a los vecinos estados de Chihuahua, Nuevo México y Arizona.
El origen de muchos pueblos y ciudades sonorenses se inicia con los conquistadores españoles, quienes a su llegada sólo encontraron tribus -ópatas, seris, pápagos, jovas, yaquis y mayos- que concebían la vida en libertad plena, sin asiento fijo, trasladándose de un sitio a otro, acuciados únicamente por la necesidad de alimentos y refugios temporales. Nada queda de un fuerte que se levantó a mediados del siglo XVI para enfrentar a los apaches, pero en cambio sobreviven las misiones que construyeron los evangelizadores a lo largo del XVII. De los tiempos más cercanos es posible ver pueblos mineros, centros agrícolas, acuícolas y ganaderos, ciudades modernas, puertos pesqueros y centros turísticos internacionales. Lo que el turista pida, y con el añadido amable del paisaje humano: los sonorenses, cordiales, simpáticos y sinceros. Otra de las entrañables facetas que caracterizan a la cultura mexicana.