En el territorio que hoy ocupa el estado de Veracruz está una de las raíces más antiguas y profundas que conforman a la nación mexicana. En sus tierras, en las riberas de los ríos y en la privilegiada pertenencia de sus costas al Golfo de México florecieron las culturas que alcanzaron gran desarrollo y esplendor: la de los olmecas, grandes artistas y penetrantes observadores de la bóveda celeste, y la de los totonacas, inventores de singulares ritos que sobreviven aún en nuestros días.
Veracruz fue el espacio en el que se encontraron dos visiones diferentes del mundo; aquí se inició el mestizaje que fue dibujando el perfil y la forma de vida de una nueva nación: el México que hoy conocemos. Con el mismo valor fundamental, los parajes veracruzanos volvieron a ser escenario en la lucha por la independencia y en los tiempos de la Reforma, así como lo fueron durante la Revolución, cuando también desempeñó un papel relevante. En el transcurso del siglo XX, los veracruzanos trabajaron con la alegría que los distingue, empeño y pasión por construirse un futuro promisorio.
Tierra de tradiciones, consciente de sus raíces, orgullosa de sus logros. La libertad, el cariño por el terruño y por la gente, han sido características fundamentales de este pueblo y quizá ahí resida, en parte, la explicación de su identidad.
El tamaño de su territorio y la pluralidad de sus raíces, el peso de su historia y la riqueza de sus manifestaciones culturales resulta inaprensible en un libro, pues esa carga se manifiesta en los signos únicos e inconfundibles del pueblo veracruzano. Para capturar el espíritu, la vivacidad y la alegría de vivir que se respira en estas tierras, nada mejor que convivir con ellos.