Si entendemos por viaje no una visita apresurada sino una predisposición al asombro, a la generosidad y a la placidez, sin duda Campeche es el lugar idóneo. Desde el siglo XVI esta tierra de profundos contrastes fue tema de fantásticos relatos en boca de hombres ávidos de aventuras y riquezas, el sueño del viajero.
En los límites del territorio del estado de Campeche se ubicó -en parte- la civilización maya, una de las culturas más importantes que poblaron el continente americano. A través de las selvas tropicales del Petén, apunta el arqueólogo Román Piña Chán, los mayas penetraron a la península de Yucatán, donde se dispersaron y posteriormente fundaron sus aldeas que se convirtieron en centros ceremoniales caracterizados por la existencia de una organización sacerdotal y el culto a los dioses, destacando en la entidad los sitios de Calakmul, Xpuhil, Chicanná, Becán, Hormiguero, Acalan, Jaina y Edzná.
En la actualidad, el entorno geográfico de Campeche abarca tierras continentales e insulares, ríos, lagos y mares, comprendidos en una extensión de 56,126 km cuadrados. El estado está conformado por diez municipios: Calkiní, Campeche, Carmen, Champotón, Escárcega, Hecelchakán, Hopelchén, Palizada, Tenabo y Calakmul.
Si el gentilicio de campechano es sinónimo de gente franca, abierta y jovial, la palabra distingue, además, a un pueblo generoso en el acto de cocinar. Los campechanos aprovechan los frutos del mar y de la tierra para crear y recrear su gastronomía de profundas raíces española, caribeña y prehispánica.
Muchos son los motivos para recorrer las rutas de Campeche, tierra de permanente verano. Mito y leyenda se confabulan en una historia entusiasta y triste; el esplendor traducido en palo de tinte, henequén, chicle y maderas preciosas ahora son el eco en haciendas fantasmas que encantan al visitante como Uayamón, Tankuché, Blanca Flor y San José Carpizo. Selva que aún guarda la visión de "la primera edad del mundo", como recreó un siglo y medio antes la pluma del naturalista francés Arthur Morelet. Así, la alegría del viaje se concreta en el puerto, historia amorosa entre el mar y el hombre, donde el sueño del viajero halla su lugar.