El viaje fue muy largo. Varias generaciones se sucedieron en el camino que los llevaría al sitio descrito por sus dioses. Reconocieron los signos en un islote de aquel inmenso lago rodeado por montañas. Fue difícil quedarse, pues en las cercanías había otra gente con la que hubo pactos, alianzas o guerras. Allí levantaron una ciudad perfectamente organizada y, con ella como centro, un imperio que terminaría en el quinto sol, tiempo suficiente
para desarrollar una compleja cultura y sojuzgar a otros pueblos que vivían en tierras alejadas. El significado de las imágenes que relatan su historia -escritura sin letras, símbolos mágico religiosos- estuvo restringido a los sabios; ellos descifraron los terribles augurios que sucedieron antes de la llegada de unos hombres con extraña apariencia y venidos de un mundo desconocido.
Se habían cumplido los vaticinios que anunciaban el fin a manos de los recién llegados. Quizá más determinantes que sus simbólicas armas, o que el encono de los pueblos vecinos sometidos, fueron sus dioses los que decidieron su derrota. Los nuevos dueños hicieron levantar otra ciudad: se construyó con las mismas piedras de la que iban derruyendo y la levantaron las mismas manos que habían construido la anterior. Aun cuando se percibía la mezcla de las dos razas, en las nuevas casas se notaba la imposición de los triunfadores y una nueva religión.
La nueva ciudad resultó tan magnífica como la anterior.
Pero las ideas de los hombres impiden que sus obras permanezcan quietas. El rostro urbano se modificaba; cada generación a lo largo de tres centurias, cuatro, dejó su huella, ya en el sitio donde la anterior había hecho algo, ya en lugares que estuvieron vacíos. La isla se expandía y el lago iba desapareciendo para dejar paso a la constante expansión de tierra firme.
Aquí están los vestigios de algunas construcciones indígenas y están, sobre ellas, algunas de las primeras casas levantadas para los conquistadores; están las iglesias en las que se catequizó a los indios y están los palacios que habitaron los criollos y sus herederos mestizos; están los edificios en los que se dictaron las leyes y se administró justicia. Está, en fin, el trabajo de miles de manos que dejaron en piedra su concepción de la belleza y el testimonio de su tiempo.
Lo que vamos a ver ahora es lo que ha sucedido con aquella pequeña isla en medio de un lago y que ahora llamamos el Centro Histórico de la ciudad de México.